julio 02, 2008

El Jardín De Nora de Blanca Wiethüchter

Sostiene nuestro buen amigo Malevo que esa idea de trascender con la literatura propia es puro cuento, en un lenguaje mucho más apropiado, colorido, porteño, subversivo, muy bien sazonado, por supuesto. Pero dijo eso, literalmente recuerdo “yo quiero tomarme un café con vos no con los que escribes, si te mueres ya está”… supongo que tiene razón, en cierta medida lo que escribimos es ficción, una mentira, no somos eso, al menos no totalmente.

Creamos otro, aunque hecho por nosotros, no es ni nuestro, no nos pertenece desde que llega a manos de un lector Es más allá de su origen. Sin embargo es tal vez la única forma de acercarnos a aquellos que no están.

Jamás vi en persona a Blanca Wiethüchter, mucho escuhé de ella y leí poco. Regalé un libro que después de dar una vuelta a Tiwanaku terminó volviendo a mis manos, sin llegar al destinatario, supongo que estaba escrito, así debía de ser.

Leí El jardín de Nora, un de las pocas obras de narrativa de B. Wiethüchter cuando terminé la última palabra con el último bocado de mi sándwich, inmediatamente vino a mi cabeza la foto que vi de ella, con el pelo alborotado, la mirada algo dura y el cigarrillo en la mano.

El relato tiene por protagonista a Nora quien ha dedicado sus días a su jardín, único motor de su vida quizá el verdadero personaje principal del relato. Nora que tiene 10 hijos con Franz, todos mudos viviendo fuera de la casa, lejos del jardín, para no estropearlo.

Estos extraños hechos ligados a la aparición de huecos en el jardín de Nora, huecos mortales que se tragan sus preciadas plantas y las desaparecen. Mientras lo hijos e hijas crecen solo bajo el cuidado de una profesora, el jardín cae en desgracia, enloquecida Nora acude a las sabiduría andina para que le curen la maldición, el milagro se hace, la celebración es inminente Nora convoca a los desterrados hijos a la celebración. Ellos finalmente hablan y sus voces hacen el verdadero hueco, la oquedad del abismo.

Pero antes de todo esto Franz y Nora miran un cuadro Adan y Eva de Rafael, preciosa pintura en la que la simetría, composición y armonía son perfectas a no ser por la serpiente que enrocándose por el tronco tiene por cabeza la cara perfecta de una criatura. Es un niño el que destruye la armonía, rompe el idilio, expulsa del paraíso.

Debo admitir que disfruto de las lecturas cuya digestión es lenta, requiere de mucho tiempo y paciencia, tal vez yo misma tenga algo de reptil.

1 comentario:

Beto Cáceres dijo...

pero es que a Nora no la comprende ni su esposo, él nunca habla, todo el proyecto parece de ella. Y yo me pregunto si ella es la que provoca a veces que los demás no puedan hablar. Aunque no puedo negar que es un gesto muy hermoso, como todo en ella.