abril 08, 2013

Música de Banda (parte 3)


Además de la cocina otra de las pasiones de Víctor era el carnaval, era miembro de una de las fraternidades más antiguas de la ciudad y nunca estaba exento de responsabilidad durante los preparativos de cada año. El carnaval le servía para iniciar el año con fuerza, festejando y trabajando mucho, pero él mismo sentía la angustia de la felicidad con fecha de caducidad, por eso mismo bailaba, bebía y cocinaba con todo ardor, presintiendo el fin.
Luego era su peor época, era un tiempo de tardes largas, del despertar de todos los demonios. Venía el aniversario de la muerte de su abuela que siempre lo deprimía un poco, además el ritmo del trabajo disminuía la gente quedaba sin dinero luego del derroche y escaseaban los pedidos.
Me dijo que la última vez fue la peor, además de la tristeza empezó a tener insomnio, primero solo por algunas horas pero luego hubo semanas enteras en las que prácticamente no durmió nada. “Me asusté”, me dijo. Y fue así que llegó ir al médico. No creía demasiado en la medicina ni en los doctores pero luego de tantas noches sin dormir, torturado por una tristeza que el mismo no entendía decidió hacer caso las indicaciones. A base de pastillas recuperó el sueño y cierta tranquilidad, la receta del doctor no solo eran esas pequeñas pastillas blancas sino buscar una ocupación extra. Ya era un hombre maduro y le costaba encontrar alguna actividad en la que se sintiera cómodo, los deportes definitivamente no eran lo suyo, tampoco era demasiado creyente como para volcarse a las actividades de su parroquia, por eso cuando supo que lo martes el cine era dos por uno le pareció una excelente idea.

 Contra toda moda en nuestro pueblo el día martes era el de dos por uno. Nadie preguntó nunca porque martes, igual era la única distracción en la ciudad además de bares de mala muerte siempre abiertos.

En mi caso las películas de los martes las veían sin importarme nada el título, debía ver una película y lo hacía con rigurosidad y disciplina. Los martes eran los días en que mi hermana Estela podía ir a casa y quedarse con nuestra hermana menor Lidia. Un solo día a la semana por dos horas Estela hacía malabares para conseguir con quien dejar su panadería y sus nietos, a los que cuidaba mientras supervisaba su negocio. Esas dos horas eran el tiempo en que yo podía hacer algo que no tuviera ninguna relación con Lidia, su enfermedad y su cuidado. No tenía mucho de donde elegir, el cine, su proximidad a mi casa, la posibilidad de volver pronto me bastaban para que sea mi única elección. Luego volvía a casa despedía a Estela y volvía a la rutina de Lidia. De acuerdo al día y a la temperatura tocaba pasarle la esponja húmeda, cambiarle las sábanas, tomarle la presión.

Saltando un día la enfermera y yo la poníamos en la silla de ruedas frente a la ventana para mostrarle las calles, el ir y venir de los autos, la gente. Al principio a ella le gustaba, pero con el avance de su enfermedad quería menos, luego nada y finalmente no podía decirnos si le agradaba o no. Todos los días sin falta le colocábamos los ungüentos para las llagas, unos cataplasmas de aloe que nos había recomendado el doctor. Ni las mejores pomadas daban resultado en esas heridas atroces producto de su inmovilidad.
El cuarto de Lidia estaba junto al mío separado apenas por una pared. Puse mi cabecera junto a la suya así podía escuchar desde mi habitación si ella se afligía o sofocaba. Aquellas habitaciones eran las mismas de nuestra infancia. Lidia dormía toda la vida con Estela hasta que se casó y puso la panadería. La habitación de las chicas era amplia, antes de los frascos y la mesa con las medicinas, tenía una alfombra que era el lugar de juegos y luego el de peinados, hasta que nos hicimos grandes.
El ropero permanecía en el mismo lugar, pero sobre la alfombra del piso teníamos ahora un plástico traslúcido que ella misma puso las primeras épocas de su tratamiento cuando todo se empezó a derramar en el piso. El velador donde hacían sentar a sus muñecas era ahora el lugar donde se ponían los frascos de las medicinas. El tul de la cortina estaba cambiado por una tela pesada que corríamos pocas veces.
En la pared sin embargo se habían ido quedando los recuerdos de toda la vida. Una estampita de su primera comunión con el dibujo de una niña hincada en actitud piadosa, con borde troquelado y brillo. Una foto blanco y negro de Lidia, Estela y yo, sentados en orden de nacimiento en el pórtico de la casa, debía ser un día de fiesta porque las chicas tenía unas moñas enormes que les cubría la mitad  de la cabeza.

Con Lidia trepábamos arboles, recorríamos la ciudad en bicicleta, jugábamos al rompe cocos, nos hacíamos sándwiches de pan con azúcar y escondíamos las galletas de Estela para comerlas nosotros solos, muertos de risa llenándonos la boca de galletas con moho. De jóvenes la acompañaba a los bailes, nos contábamos secretos, yo golpeaba a quien me pidiera, ella me hacía preguntas de los exámenes, sabíamos todos los trucos para esconder ayudas memorias bajo la manga. Luego nos hicimos grandes, viajamos algo, trabajamos un poco, Estela se casó y en algún momento que me resulta difícil recodar, sin saber cómo y cuándo, la enfermedad ya nos rondaba.
Esa parecía otra vida, como si nunca hubiera sucedido, solo las fotos eran evidencia de que hubo un tiempo en que se abrían las ventanas y se escondían las galletas. Ahora no se esconde nada sino la enfermedad, la muerte a la que ya no le tenemos miedo.

Estas cosas también se las conté a Víctor, me hubiera gustado hacerlo naturalmente como correspondencia a su franqueza, a la espontaneidad con la que solía relatarme los retazos de su vida. Yo necesité de sus preguntas, me hicieron falta sus silencios expectantes. Y ahora me hacen falta también sus preguntas.
Mis idas al cine se las debo a Estela, que prácticamente me obligó a ir. Un día me vio aplicar la morfina y luego seguir con mi taza de té mientras ella sollozaba. Me obligó a tomar los martes libres y yo elegí ir al cine.

La casa de Víctor y la mía quedaban en el camino así que hacíamos el mismo recorrido de regreso, nos saludábamos a la entrada del cine y nos despedíamos en la puerta aunque era obvio que tomábamos el mismo camino de regreso.
Llegar a la casa dejar las llaves, sacarse los zapatos, abrir la puerta, en la mecánica de los martes ver a Víctor era un nota más, así como los saludos formales y las despedidas, por eso me llamó tanto la atención ver a Víctor en la puerta de mi casa. Solo una vez en meses no fui un martes y Víctor entre tímido y curioso estaba en la puerta de mi casa preguntándome el porqué. Así iniciamos nuestra larga amistad cinematográfica.
Agregamos a la rutina del martes un café, una cortesía tonta que tuve con él como respuesta a su visita por mi ausencia, yo casi nunca recibía visitas y verlo ahí seguramente me conmocionó pues a lo único que atiné fue a invitarle a pasar e invitarle un café. El también se sorprendió de la invitación, me comentó luego que no esperaba el café, pero que le agradó quedarse.
Ese primer encuentro fue incómodo, ninguno de los dos sabíamos qué decir. Serví el café en la cocina y luego de sorberlo lentamente mientras le comentaba que mi hermana no había podido hacerme el relevo nos quedamos un largo rato en silencio.
-       Si quiere se la arreglo- me dijo finalmente Víctor. Señaló con el mentón algo detrás de mí. No me acordaba cuando había empezado a gotear el grifo del lavaplatos.
-       No debe poder dormir- añadió, pero yo ni siquiera había caído en cuenta que ese goteo era un desperfecto.

Debíamos tener una diferencia de unos veinte años, nuestras vidas sin embargo solo podrían haber confluido en la casualidad. Víctor tenía una curiosidad insuperable y asumía que yo sabía más que él, me preguntaba todo sobre cine, que era nuestro tema común además de todos los desperfectos que él iba encontrando en la casa y que nos servía de excusa para programar nuevas visitas.
Siempre iniciaba con el ceño fruncido como si hubiera estado guardando las preguntas durante toda la semana para lanzármelas el martes. Conforme yo iba respondiendo o esquivando, las arrugas de la frente se le iban alisando y terminaba siempre con una sonrisa y un agradecimiento.

Siempre me hablaba con preguntas era como si lo haría al intento para que yo no tuviera forma de quedarme callado. ¿Usted que piensa de los carnavales?,¿Conoce la comparsa los truanes?, ¿salía a saltar usted en carnavales?, ¿sabe que el picante de lisas es bueno para levantar el ánimo?, ¿que habrán hecho con toda la comida que se ve en “El padrino”?, ¿contratarán cocineros para hacer la película?.
Su curiosidad y duda por el mundo, la gente y el cine eran infinitas, yo intentaba responder de la mejor manera, viendo siempre si su ceño se iba distendiendo o no para ver si me creía. A veces yo me inventaba respuestas, porque me dejaba perplejo con sus curiosidades, ¿Por qué a la gente nos gusta la música? Me preguntó una vez, quedé pasmado. Podía explicarle la biografía de los grandes compositores, detallarle las historias detrás de algunas películas, el trasfondo político y social, pero no sabía por qué a la gente le gustaba la música, ni siquiera sabía porque a mí mismo me gustaba la música.

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