julio 06, 2013

La vida en pijamas

Lejos de la olgazanería quedarse en pantuflas hasta bien entrada la tarde puede ser mas bien un signo de no tener tiempo ni siquiera de quitarse el pijama.
Si no voy a tomar una ducha al lavantarme de la cama entonces mejor esperar para cambiarme de ropa, el tema es que el momento de tomar la ducha puede demorar demasiado, e incluso prolongarse hasta la noche y simplemente no suceder. Uno vuelve a la cama con la misma ropa con la que estuvo todo el día.
El trabajo del día pudo haber sido igual o doblemente sacrificado que el de un carretillero, y pongo este ejemplo porque esa me parece una ardua labor de la cual soy totalmente incapaz, o muy ligero como el de una secretaria de una entidad pública, el punto es que tal como dice el viejo y conocido refrán: "el hábito no hace al monje", eso sí influye en su estado de ánimo, y esta es la mayor variante.

Ponerse la mejor ropa y perfumarse, sentarse frente a una computadora y ocuparse de ver la vida ajena en el facebook no es precisamente una gran labor, a menos que uno sea encargado de redes sociales (y ni así). En cambio uno puede escribir hojas y hojas ahorrándose el tiempo preciado que implicaría tomar una ducha y cambiarse de ropa.
A veces quisierra trabajar en YPFB o en una de esas empresas que te obligan a ponerte uniforme, así no hay que desgastarse en pensar qué ropa ponerse o si está limpia, y todas esas complicaciones matinales tan detestables, solo hay que ponerse el uniforme y ya. Esto me recueda que viví doce años con guardapolvo blanco durante mi vida escolar y que luego de salir bachiller juré en la puerta del colegio nunca más usar uniforme, pero bueno, con el tiempo uno vuelve a las viejas costumbres.

De todos modos uno en pijama sigue siendo uno, pero hay algunas variantes que pueden darnos otra perspectiva de nosotros mismo aun en pijamas, por ejemplo en pijamas, picando verduras y escuchando rancheras, es un poco triste. Ahora si estamos en pijamas leyendo con un café con leche en la cama, eso es felicidad. Ahora en pijamas, en la cama haciendo zaping sin parar eso es soledad.

Llegan las once de la mañana, yo intento cuidadosamente poner al bebé en la cama para que continue su siesta y me deje tomar un baño (el me ama como nadie en el mundo me amará nunca), inocente en sus pocos meses no sabe que su llanto, fácil y caprichosos como todos los impulsos de una criatura de su edad, son lo que determinan guardar mis pantuflas o dejarlas puestas hasta la noche.